Pido para ti, ilustre
señora, que goces siempre de la gracia y del consuelo del Espíritu Santo. Al
llegar tu carta, me encuentro todavía en esta región de los muertos. Pero un
día u otro ha de llegar el momento de volar al cielo, para alabar al Dios
eterno en la tierra de los que viven.
Yo esperaba poco ha
que habría realizado ya este viaje antes de ahora. Si la caridad consiste, como
dice san Pablo, en alegrarse con los que se alegran y llorar con los que
lloran, ha de ser inmensa tu alegría, madre ilustre, al pensar que Dios me
llama a la verdadera alegría, que pronto poseeré con la seguridad de no
perderla jamás.
Te he de confesar,
ilustre señora, que al sumergir mi pensamiento en la consideración de la divina
bondad, que es como un mar sin fondo ni litoral, no me siento digno de su
inmensidad, ya que él, a cambio de un trabajo tan breve y exiguo, me invita al
descanso eterno y me llama desde el cielo a la suprema felicidad, que con tanta
negligencia he buscado, y me promete el premio de unas lágrimas, que tan
parcamente he derramado.
Considéralo una y
otra vez, ilustre señora, y guárdate de menospreciar esta infinita benignidad de
Dios, que es lo que harías si lloraras como muerto al que vive en la presencia
de Dios y que con su intercesión puede ayudarte en tus asuntos mucho más que
cuando vivía en este mundo. Esta separación no será muy larga; volveremos a encontrarnos
en el cielo, y todos juntos, unidos a nuestro Salvador, lo alabaremos con toda
la fuerza de nuestro espíritu y cantaremos eternamente sus misericordias,
gozando de una felicidad sin fin.
Al morir, nos quita
lo que antes nos había prestado, con el solo fin de guardarlo en un lugar más
inmune y seguro, y para enriquecernos con unos bienes que superan nuestros
deseos. Todo esto lo digo solamente para expresar mi deseo de que tú,
ilustre señora, así como los demás miembros de mi familia, consideréis mi partida
de este mundo como un motivo de gozo, y para que no me falte tu bendición
materna en el momento de atravesar este mar hasta llegar a la orilla en donde tengo
puestas todas mis esperanzas.
Así te escribo, porque
estoy convencido de que ésta es la mejor manera de demostrarte el amor y
respeto que te debo como hijo.
Oración
a San Luis Gonzaga
Dios nuestro, fuente
y origen de todos los dones celestiales tú que uniste en san Luis Gonzaga una
admirable pureza de vida con la práctica de la penitencia, concédenos, por sus
méritos e intercesión, que los que no hemos podido imitarlo en la inocencia de
su vida lo imitemos en su espíritu de penitencia. Por nuestro Señor Jesucristo,
tu Hijo, en la unidad del Espíritu Santo, amén.
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