El ciego y el mudo



Rezaba con el corazón, al no poder hacerlo con la boca. Es hermoso poder pronunciar las palabras que dirigimos a Dios, invocarle en voz alta, oír nuestra propia voz llamándole Padre, como nos lo ha permitido, cantar sus alabanzas, hacer resonar las oraciones que la Iglesia nos enseña. El mudo estaba privado de todo esto. Pero ¡con cuánta frecuencia también la boca queda lejos del corazón!, ¡es tan fácil dejarse arrullar, embriagar, distraer incluso, por las palabras de las oraciones que nos afloran a los labios!, ¡es tan fácil contentarse con las palabras!
La tentación de creer que Dios se contentará con esa moneda. Al mudo, esa tentación no le afectaba. ¿Se veía libre de ella?, ¿no amenaza incluso a la oración silenciosa?, ¿no hay quienes se contentan con decir en silencio «¡Señor, Señor!» y Cristo cuando vuelva les dirá que no les conoce? Confesar a Dios con el corazón, y no con la boca, es una imagen. Pero el mudo encarnaba realmente esa imagen.
En aquellos tiempos, la Virgen en Chartres obraba numerosos milagros. Le habían construido una gran iglesia, la estaban construyendo, porque la construcción de Notre Dame nunca se ha terminado. La iglesia estaba iluminada por amplias vidrieras y grandes rosetones. Coloreaban de rojo, de azul, de púrpura, la luz que las atravesaba sin romperlas, por la propiedad del cristal, por ese milagro de la naturaleza, imagen del que permitió a la Virgen concebir al Salvador sin romper su virginidad. En una de las vidrieras, la Virgen con el niño ocupaba todo el espacio, por una audacia del maestro vidriero que parecía haberse liberado de las leyes de su arte y haber olvidado los necesarios engarces del vidrio en múltiples fragmentos encajados en el plomo. De muy lejos, los peregrinos venían a pedir a la Virgen de la hermosa vidriera que intercediera por ellos ante su Hijo.

—Vayamos los dos a Chartres, concluyó, yo para «'er», tú para «'blar».
En su malicia, imitaba así los borborigmos inarticulados del mudo. Pero su malicia era mucho mayor de lo que parecía. Porque el mudo comprendió, como vosotros, que quería ir a Chartres para ver (voir). En realidad, quería ir para beber (boire), y supo decirlo sin decirlo. Chartres era una gran ciudad en la que numerosas tabernas servían vinos variados. Una ciudad en la que la afluencia de peregrinos era para el ciego, semi-mendigo, semi-juglar, la promesa de una gran recaudación.

Cuando llegaron a Chartres, el ciego dijo que estaba cansado y sediento de tanto caminar. Pidió al compañero que le llevase a una taberna. Allí le dejó el mudo, sentado ante un cántaro de vino del Loira, y corrió a la catedral. Fue a arrodillarse al pie de la hermosa vidriera, entre los otros peregrinos, y de su corazón su oración silenciosa subió hacia la Virgen. No se olvidó de sí mismo y supo pedir su curación. Pidió por la de su compañero, que había considerado más urgente ir a beber.
Rezó por todos los sufrimientos, por todas las miserias, por todas las desvergüenzas que su mirada atenta había visto a su alrededor, en su pueblo, y cuyo eco había captado su oído, porque ante un mudo se habla despreocupadamente.
De repente, sintió una especie de náusea. Algo subía de su garganta, que le llenaba la boca. Tuvo miedo de vomitar en la iglesia y manchar el lugar santo. Salió corriendo. Pero no era cuestión de vomitar. Lo que sentía en su boca, aquel cuerpo extraño que le molestaba, era una lengua totalmente nueva. Una lengua que supo utilizar inmediatamente para anunciar a todos el milagro con que acababa de verse favorecido y para dar gracias a Dios y a su madre.

En el camino, el ciego maldecía su mala suerte y envidiaba al favorecido por el milagro. El cual terminó por decirle: —Sin ti, yo nunca habría venido a Chartres y no me habría curado. Un mudo guiando a un ciego, mueve a compasión y aumenta las limosnas. Si quieres, podemos de vez en cuando pedir los dos juntos. ¡Cómo! Apenas curado, ¡aquel mudo usaba su lengua para la mentira!, ¡proponía a su compañero abusar de la credulidad de los transeúntes y de su caridad! ¿No es como para indignarse? Así fue como apaciguó el corazón rebelde del ciego y, a base de permanecer en su compañía, supo llevarle a Dios.
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