Los 50 años de la canonización de San Martín de Porres

Por José Antonio Benito
La Iglesia le dedica una bellísima oración colecta en su día: Señor, Dios nuestro, que has querido conducir a san Martín de Porres por el camino de la humildad a la gloria del cielo, concédenos la gracia de seguir sus ejemplos, para que merezcamos ser coronados con él en la gloria. Por nuestro Señor Jesucristo.
Para Dios no hay profesiones indignas, sino indignos profesionales. Los hombres se fijan en las apariencias, el color de la piel, la estatura, el dinero, el vestido...pero Dios sólo mira al corazón. Nuestro Fray Escoba fue un marginado de su tiempo, el siglo XVI. Era hijo "ilegítimo" del español Juan de Porres y de Ana Velázquez, mujer negra descendiente de esclavos africanos. Al ser mulato y pobre le tocó sufrir en más de una ocasión el menosprecio de la sociedad. Sin embargo, su madre le descubrió el evangelio de Jesús: "El que se humilla será ensalzado". A Fray Martín no le importó ser "simple" lego o donado de la orden de Santo Domingo, sin poder ser sacerdote; tampoco tuvo a mal el estar continuamente sirviendo a los demás, ir de un lado para otro con la escoba, atender a los enfermos, a los mendigos... Dios se sirvió de su persona para unir las razas, para hermanar a los ricos con los pobres...y a todos los hombres con Dios.
Nació en Lima, Perú, en 1579. El santo mulato fue bautizado en la iglesia de San Sebastián, en la misma pila y por el mismo párroco que había bautizado a Santa Rosa de Lima. Martín vivió con su madre, quien le educó en la solidaridad con los pobres y enfermos; de este modo, siempre que iba a la tienda, empleaba parte de la plata en socorrer al primer necesitado que encontraba. En la iglesia de Santo Domingo o del Rosario se veía frecuentemente a Ana con su Martín y con la segunda hija, Juana; especialmente gozaban con la vista de los crucifijos y los iconos de la Virgen.
Su padre Juan, al volver de Guayaquil, legaliza su situación reconociendo oficialmente a sus dos hijos, aunque no llega a desposarse. A los dos lleva a Ecuador para ser educados con un preceptor. Martín, a sus trece años, aprende castellano, aritmética y caligrafía. Tras dos años de estancia en la ciudad portuaria de Guayaquil, deja a su hija con su tío Santiago y se lleva a Martín a Lima.
A los quince años es confirmado por Santo Toribio Mogrovejo. Por esta fecha trabaja en la tienda de Mateo Pastor, negociante en especies y en hierbas medicinales. Posteriormente aprendió el oficio de barbero-sangrador con Marcelo de Ribera, a quien ayuda a sangrar heridas, aliviar dolores, aplicar hierbas y emplastos.


Su caridad universal le llevará a convertir el convento en hospital. Sabe que el amor es la ley suprema. De este modo, una tarde se encuentra en la plaza con un enfermo vestido de andrajos y devorado por la fiebre. Le carga sobre sus espaldas, le lleva al convento y le acuesta en la cama. Al ser reprendido por uno de los frailes:
El santo, con paciencia serena, contesta con sencillez:
- Los enfermos no tienen jamás clausura.
Un día por la noche encuentra un herido a quien le han clavado un puñal. Le acoge en su celda con la idea de trasladarle a casa de su hermana en cuanto mejore. El Provincial dominico le impone a Fray Martín una penitencia que cumple al pie de la letra. El Superior, sin embargo, enferma y requiere los cuidados del Santo:
Contesta Fray Martín:
- Perdone mi desatino, pues pensaba que la santa caridad debía tener las puertas abiertas.
Ante respuesta tan contundente y evangélica, el Provincial concluye:
- Bien está lo que hiciste. Desde este momento el convento será vuestro segundo hospital. Podéis traer a él cuantos enfermos queráis.
Su caridad con el prójimo nacía de la unión íntima con Jesús y con María. Comentan sus compañeros dominicos que recibía a Jesús Sacramentado "con muchas lágrimas y grandísima devoción", ocultándose de todos para "mejor poder alabar al Señor".

Realizó numerosas curaciones milagrosas. Una tarde, en que estaba cerrado el noviciado del convento, penetra en la celda de un Hermano enfermo, quien, sorprendido, le pregunta:
- ¿De dónde vienes pues nadie os ha llamado?
Impasible contesta:
- Oí que me llamaba tu necesidad y vine. Toma esta medicina y curarás.
Particular fue el aprecio por sus hermanos de raza. Cuando le tocaba acudir a la finca de Limatambo, a las afueras de Lima, se dedicaba a las labores propias de los esclavos negros: arar, sembrar, podar árboles, cuidar de los animales en los establos... A quien se lo hizo notar, le respondió:
Los negros están cansados del duro trabajo diario y así no se me pasa el día sin hacer algo de provecho.
No nos extraña que se ganara el afecto de los esclavos morenos y de los indios pescadores de Chorrillos y de Surco, pues les servía como enfermero y les catequizaba como misionero. Ellos, por su parte, le obsequiaban con frutos de sus huertos y estipendios para Misas.

Entrañable fue su amistad con el también lego dominico san Juan Macías. Un testigo declaró: "Y por las Pascuas se iban los dos solos y se encerraban en un aposento que tenían en la huerta del centro de la Recolección de la Magdalena y allí tenían sus conversaciones espirituales y hacían sus penitencias".
Su otro gran amigo místico fue el también lego, aunque franciscano, Fray Juan Gómez, popularizado por Ricardo Palma en una de sus tradiciones en que señala haber convertido un arácnido venenoso en una joya: el alacrán de fray Gómez.

Una de las grandes alegrías del Papa Bueno, Beato Juan XXIII, en pleno Concilio Vaticano II, fue la canonización de San Martín de Porres el 6 de mayo de 1962. Ni qué decir que Lima repicó las campanas de alegría infinita por tamaña noticia. A la vez era proclamado patrono universal de la justicia social:

Él sabía que Cristo Jesús padeció por nosotros y, cegado con nuestros pecados, subió al leño, y por esto tuvo un amor especial a Jesús crucificado, de tal modo que, al contemplar sus atroces sufrimientos, no podía evitar el derramar abundantes lágrimas. Tuvo también una singular devoción al santísimo sacramento de la eucaristía, al que dedicaba con frecuencia largas horas de oculta adoración ante el sagrario, deseando nutrirse de él con la máxima frecuencia que le era posible.

Disculpaba los errores de los demás; perdonaba las más graves injurias, pues estaba convencido que era mucho más lo que merecía por sus pecados; ponía todo su empeño en retornar al buen camino a los pecadores; socorría con amor a los enfermos; procuraba comida, vestido y medicinas a los pobres; en la medida que le era posible, ayudaba a los agricultores y a los negros y mulatos, que, por aquel tiempo, eran tratados como esclavos de la más baja condición, lo que le valió, por parte del pueblo, el apelativo de «Martín de la caridad».

Con toda razón, se ha creado una comisión para solicitar del Gobierno que declare 2012 “el cincuentenario de la canonización de San Martín”. En la larga lista de títulos martinianos se esgrime:
Se han escrito más de un centenar de libros a su respecto, de los más diversos autores: religiosos, historiadores, literatos, médicos y políticos. Son incalculables sus ediciones y reediciones en diversas lenguas: español, latín, inglés, francés, italiano, alemán, polaco, vietnamita y chino. Y miles de libros más en los que figuran capítulos enteros sobre él o hacen alguna mención destacada.
Existen importantes hospitales que llevan su nombre, fuera del Perú, en Filipinas, Taiwán, India, Ghana y Camerún. Así como en México, Venezuela, Colombia, Ecuador, Bolivia, Chile y Argentina. Una universidad peruana y un distrito limeño llevan su nombre.

El reciente libro del P. Ángel Peña sobre San Martín rescata sus carismas que eran la admiración de cuantos lo conocían. Por su don de sutileza, pasaba a través de las paredes y puertas cerradas; gracias al don de bilocación estaba, a la vez, en lugares lejanos; el don de la agilidad le sirvió para trasladarse en un instante a sitios distantes; tenía el don de luces y resplandores sobrenaturales; el del perfume sobrenatural, discernimiento de espíritus, conocimiento de cosas ocultas y, muy en especial, el don curación. Pero lo importante era su cotidianidad, el día a día. Era muy humilde y servicial con todos. Y a todos atendía como enfermero de la Comunidad, preocupándose especialmente de los pobres (españoles, indios o negros), a quienes sanaba y daba limosnas. Pero también era caritativo, curando a los animales enfermos, que traía de la calle al convento.



Los sacerdotes se dedicaron también –además de la construcción del santuario- a visitar a todas las familias del Barrio Obrero, a las escuelas nacionales para la preparación sacramental y las visitas a las haciendas que tenían su propia capilla. La construcción del Santuario dedicado a San Martín de Porres contó con el apoyo de toda la población a través de quermeses, rifas, etc. Contaron con la ayuda del Arquitecto Ortiz de Zevallos[2] gracias a que el Padre José Murphy se entrevistara con el Rector de la Universidad de Ingeniería, el Arquitecto Fernando Belaúnde Terry.
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