Milagro de la Medalla en el corredor de la muerte
El milagro sucedió en 1944 en Estados
Unidos y fue difundido por su testigo directo, el padre Robert O´Leary
(1911-1984).
Cuando tenía 4 años, Claude Newman, de
raza negra y familia pobre, fue llevado por su padre que abandonó la esposa y
lo dejó con la abuela. Cuando Claude tenía 16 años, la abuela se casó con un
hombre llamado Sid Cook, que pronto se reveló como una persona violenta que
maltrataba a la mujer. Pronto se separaron. Pero en 1942 el joven Claude esperó
al maltratador Sid en su casa y le disparó. Después le robó y huyó a casa de su
madre en Arkansas. Claude cometió el crimen con 19 años.
En enero de 1943, Claude fue detenido y
después de confesar su crimen fue condenado a morir electrocutado. La primera
fecha prevista, el 14 de mayo de 1943, fue aplazada y la ejecución se pospuso
para el 20 enero de 1944.
El otro preso era católico, pero según
parece desconocía la historia de la medalla o estaba de mal humor y no quería
hablar de ella. Molesto por la pregunta se quitó la medalla y la tiró a los
pies de Claude. “¡Tómala!”, le dijo. Claude la observó durante un rato y se la
puso al cuello, aunque no tenía ni idea de qué representaba.
Se trataba de la medalla popularmente
conocida como Medalla Milagrosa, también llamada a veces Medalla de la
Inmaculada Concepción, originada en las apariciones de la Virgen a Santa
Catalina Labouré en el siglo XIX.
Esa noche, mientras dormía, Claude notó
que le tocaban la muñeca y despertó. Vio entonces, según había dicho al padre
O’Leary “la mujer más linda que ha creado Dios”.
Al principio sintió miedo. No entendía
qué estaba viendo.
Entonces la hermosa mujer le dijo: “Si
quieres que yo sea tu Madre, y tú quieres ser mi hijo, haz llamar a un sacerdote
de la Iglesia católica”. Y con estas palabras, la imagen desapareció.

Así las autoridades llamaron a O´Leary en
la mañana tras la visión. Claude pidió recibir formación en la fe católica, y
también los otros presos, asombrados por el testimonio de su compañero.
El padre O´Leary constató que Claude nunca
había ido a la escuela, no tenía un mínimo de educación. Sabía que había un
Dios, pero casi nada más. No sabía, por ejemplo, que Jesús era Dios hecho
hombre.
Después de muchas semanas, llegó el día
en que el padre O’Leary se preparó para hablar a sus catecúmenos de la
confesión. Allí estaban también dos religiosas que ayudaban en la pastoral
carcelaria.
Bien, muchachos, hoy voy a enseñaros
acerca del sacramento de la confesión.
Claude interrumpió diciendo:
Eh, yo eso me lo sé. Nuestra Señora me
dijo que cuando nos confesamos no nos arrodillamos ante un sacerdote, sino que
nos arrodillamos ante la Cruz de su Hijo. Y que, si de verdad nos duele haber
pecado y confesamos nuestros pecados, la sangre que su Hijo vertió desciende
sobre nosotros y nos lava, librándonos de todos los pecados.
El padre O´Leary y las religiosas se
quedaron sin saber qué decir. ¿Cómo podía saber todo eso Claude, y explicarlo
así?
No se enfaden, no era mi intención
molestar – dijo Claude pensando que los había ofendido de alguna manera.
No estamos enfadados, Claude. Estamos
sorprendidos. ¿Has vuelto a verla? – planteó el sacerdote.
Venga un momento aparte, lejos de los
otros –propuso Claude.
Y a solas le dijo al sacerdote:
Y el Padre O´Leary explicaría después que
"Claude entonces me detalló exactamente cuál era ese voto”. Más adelante
se supo que la promesa que el sacerdote había hecho en Holanda consistía en
levantar una iglesia en honor a Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción.
O’Leary no lo consiguió hasta 1947, y esa iglesia sigue en pie hoy en
Clarksdale, Mississippi.
Otra escena similar se dio una semana
después, con O’Leary y las religiosas presentes. Claude pidió permiso para
explicar lo que la Señora le había revelado sobre la comunión, y habló así:
Nuestra Señora me dijo que en la comunión
yo sólo veré lo que parece ser un trozo de pan. Pero me contó que en realidad
eso es verdadera y realmente su Hijo, y que Él estaría conmigo como estuvo con
ella antes de nacer en Belén. Me dijo que debía dedicar mi tiempo, como ella
hizo durante su vida, a estar con Él, amándole y adorándole, dándole gracias,
alabándole y pidiéndole bendiciones.
Claude fue bautizado y recibido, con sus
compañeros, en la Iglesia católica el 16 de enero de 1944. Lo bautizó el mismo
padre O’Leary y la hermana Bena Henken fue su madrina. Se registró en una
parroquia católica cercana a la prisión que, como era costumbre entonces, era
de feligresía exclusivamente negra.
Su ejecución estaba prevista para cuatro
días después: a las 00:05 del 20 de enero de 1944.

Mis amigos, y los carceleros, estáis
conmovidos. Pero no lo entendéis. No voy a morir, sólo este cuerpo morirá. Voy
a estar con Nuestra Señora. De modo que me gustaría hacer una fiesta. ¿Daría
usted permiso al Padre O´Leary para traer pasteles y helado y autorizaría que
los prisioneros de la segunda planta vinieran a la sala principal para que
todos podamos estar juntos y celebrarlo?”
La fiesta se celebró, todos se
divirtieron y después, por petición de Claude, se realizó una hora de oración
por el alma del condenado a muerte y sus compañeros. Juntos recitaron las
Estaciones del Viacrucis.
Sin embargo, en el momento establecido no
se produjo aún la ejecución: llegó un aplazamiento del gobernador, de dos
semanas. Cuando se enteró Claude, empezó a llorar, pero no de alegría como
cabría esperar. “¡No lo entendéis! ¡Si hubierais visto el rostro de Nuestra
Señora y mirado a sus ojos, no querríais quedar en este mundo otro día más!
¿Qué he hecho yo de malo en estas últimas semanas para que Dios me niegue dejar
este mundo?”
Cuando se calmó, O’Leary le dio la
comunión y una idea se iluminó en su interior. ¿Podía ser que Dios quisiera que
Claude ofreciese su sufrimiento por alguien, por el preso James Hughes? Se
trataba de un preso blanco que odiaba a Claude por su conversión y su fe.
Hughes había matado a un policía y también él estaba condenado a muerte.
Además, su vida era un reguero de inmoralidades, incluyendo incesto con sus
hijas. Aunque Hughes fue educado como católico de niño, ahora rechazaba a Dios
y todo lo cristiano.
“Quizá Nuestra Señora quiere que tú
ofrezcas este sacrificio de tener que esperar dos semanas a estar con ella por
la conversión de Hughes. ¿Por qué no le ofreces a Dios cada momento en que
permanecerás separado de tu Madre del Cielo por la conversión de este
prisionero, para que no esté separado de Dios por toda la eternidad?”, planteó
el sacerdote a Claude. El preso accedió a hacerlo así, y el sacerdote le enseñó
unas palabras para verbalizar su ofrecimiento. Lo mantuvieron en secreto entre ellos
dos, un regalo íntimo para la Virgen.
Pasaron las dos semanas, 14 días de
oración y sacrificio por Hughs. Y el 4 de febrero de 1944 finalmente Claude fue
ejecutado en ese cruel instrumento que es la silla eléctrica.
“Nunca había visto a nadie ir a la muerte
con tanta alegría y felicidad. Incluso los testigos y los periodistas que
cubrían la ejecución estaban asombrados. Dijeron que no podían entender cómo
alguien podía sentarse en la silla eléctrica y al mismo tiempo irradiar
felicidad”, explicó luego O’Leary.


Lo ataron en la silla eléctrica.
Si has de decir algo, hazlo ahora – avisó
el sheriff.
Hughes empezó a blasfemar con grosería.
Pero, súbitamente, dejó de hablar, sus ojos se quedaron fijos en una esquina de
la sala y su rostro adoptó un gesto de terror. Con un grito horrible bramó:
Sheriff, ¡tráigame un sacerdote!
O´Leary estaba allí, porque la ley de
Mississippi ordenaba que un agente de pastoral estuviera presente, pero se
ocultaba entre los periodistas porque Hughes había asegurado que blasfemaría
más si veía algún cura. O’Leary se acercó al condenado, hizo salir a todos y lo
escuchó en confesión. Explicó que había abandonado la fe católica a los 18
años, detalló sus numerosos y graves pecados, expresó fervor y arrepentimiento.
Y O’Leary le dio la absolución y se retiró.
Entonces se acercó el sheriff y preguntó
a Hughes:
Hijo, ¿qué te hizo cambiar de opinión?
“¿Recuerda a ese hombre llamado Claude,
al que yo tanto odiaba? –respondió Hughes al sheriff –. Bien, estaba ahí de pie
[y señaló el lugar], en la esquina. Y detrás de él con una mano sobre cada
hombro estaba la Santísima Virgen María. Y Claude me dijo: ‘He ofrecido mi
muerte en unión con Cristo en la cruz por tu salvación. La Virgen ha obtenido
para ti la gracia de poder ver el lugar que ocuparás en el infierno si no te
arrepientes’. He visto mi lugar en el infierno, y por eso he gritado”.
Esta es la historia tal como ha circulado
más ampliamente, que se basa en lo que el padre O’Leary grabó en un programa de
radio en los años 60, ya jubilado, y que el autor John Vennari transcribió y
publicó por escrito en el número de marzo de 2001 del "The Catholic Family
News".
Comentarios
La Virgen María. Gracias por tu amor de cuidado a todas las familias del mundo y protección a las juventudes en el mundo. Amén.