El verdadero sentido de la Navidad
Vivimos en una época en que el hombre busca su independencia,
su libertad, su propia afirmación personal, en lugar diverso de aquél que fue
previsto por su Creador. Es como intentar hacer funcionar con agua un carro
hecho para funcionar con gasolina...
Este conflicto se hace muy marcado en ese tiempo de la
Navidad, donde se olvida el verdadero y auténtico sentido del inicio de la
historia de nuestra salvación, el nacimiento del Hijo de Dios, y se busca una
alegría material en los regalos y festejos con que el comercio busca facturar
lo que no se alcanzó durante el año, olvidando el beneficio inconmensurable que
representó para toda la humanidad la Encarnación del Hijo de Dios.
1. La
Navidad Cristiana y la Navidad consumista


Huérfano de padres ricos, Nicolás dijo sí a la llamada de Dios
y entró para la vida religiosa, siendo ordenado sacerdote. Había muerto el
Obispo de la ciudad de Mira y después de muchos escrutinios, no alcanzaban
decidir quien sería su sucesor, así el cabildo diocesano decidió que el primer
sacerdote que entrase en la Iglesia al día siguiente sería el elegido por Dios.

Nicolás fue un Obispo santo y bondadoso, que marcó todo el mundo
cristiano, sobre todo por su generosidad en ayudar a los más necesitados.
Las antiguas leyendas de niños y de regalos traídos por el
santo nacieron en Alemania, Suiza y Países Bajos, donde los niños esperaban
ansiosos lo que les traería San Nicolás por ocasión de la Navidad.
Posteriormente la costumbre llegó a Holanda, con el nombre de Sinterklass, dando origen al nombre
Santa Claus.

Esta historia que nació en la santidad, es hoy utilizada como
estrategia de marketing, desvirtuando el verdadero sentido cristiano de la
Navidad y transformando la celebración del nacimiento de nuestro Redentor, en días
de frenético consumismo y fiestas donde, algunas veces, el pecado, la
borrachera y otras degradaciones del ser humano no están ajenas.
2. La Fiesta de la Navidad (historia y orígenes de la celebración)
El verdadero sentido de la navidad nace con el designio
amoroso de Dios de salvar a los hombres y unirlos cada vez más con su Creador.
Dios había creado al hombre para participar de su vida divina, elevándolo a la santidad original y dando al primer hombre la filiación divina.
Sin embargo, el ser humano es dotado de libertad y debería
aceptar libremente esta invitación a vivir la vida de Dios, sometido a su
Creador.
Pero la soberbia, instigada por la seducción de la serpiente,
llevó al hombre a decir NO a su Creador, a no aceptar sus determinaciones y
desear ser Dios y no vivir con Dios y para Dios.
Los dones divinos concedidos a la primera pareja humana (Adán
y Eva), eran destinados a todos los hombres, pero como ellos – que entonces
representaban toda la humanidad – no los aceptaron y cometieron el pecado
original, les fueron retirados los dones que habían recibido de Dios.
Santo Tomás de Aquino explica que, como nadie puede dar lo que
no tiene, Adán y Eva transmitieron la vida a sus descendientes destituida de
los dones que tenían antes del pecado.


Estaba prometida la salvación que nos vendría por un Hijo de
la mujer, el Hijo santísimo de Dios, Jesucristo, que se hizo hombre naciendo de
la Virgen María, para nuestra salvación.
¿Por que Dios quiso hacerse hombre?
Esta es una pregunta antigua y que está por detrás de toda la
historia de amor y bondad que resultó en nuestra salvación, con los eventos
dolorosos de la pasión y muerte de Cristo, seguida de la victoria sobre el la
muerte, el pecado y el demonio. Victoria definitiva, en que Cristo ha empleado
para nuestra salvación aquello que pertenecía a la propia humanidad: su sangre,
su sufrimiento, su dolor, su propia vida. Todos estos elementos, Él los ha
recibido de María, su madre, que aceptó, como humilde esclava del Señor,
participar de esta historia de salvación diciendo sí al proyecto salvífico
de Dios.

Decían las profecías que el Mesías salvador nacería en Belén,
tierra de Judá, ciudad de David. Sin embargo, María vivía en Nazaret y se
acercaba el día del nacimiento de su Hijo.

En la ciudad, llena de gente que necesitaba cumplir la
determinación legal, la familia sagrada no encontró posada. Dios quería, en su
infinita sabiduría dar un testimonio a toda la humanidad: la salvación no viene
del hombre, no viene del poder, del oro ni de la plata, sino es un don gratuito
de Dios.
Una simple gruta, donde se abrigaban los animales fue el lugar
elegido para el nacimiento del único ser humano que tendría personalidad
divina. Es decir Jesús nacía como hombre, tenía naturaleza humana, pero era al
mismo tiempo el Hijo de Dios que había tomado carne humana, manteniendo su
naturaleza divina.

¿Puede haber ser humano más frágil que un niño, habitación más
simple que una gruta y cuna más precaria que un pesebre? Sin embargo, el Niño
que contemplamos acostado entre las pajas habría de alterar completamente el
rumbo de los acontecimientos terrenos.
A pesar de las apariencias humildes, Aquel Niño era la Segunda
Persona de la Santísima Trinidad, en Él se daba la unión hipostática de la
naturaleza divina con la humana, en la única Persona del Hijo eterno de Dios.[2]
Pasaran los años y el Niño crecía y se fortalecía, lleno de
sabiduría y el Espíritu Santo estaba con Él.
Cristo vivió 30 años en el silencio de su casa, preparándose
en la oración y meditación, en el servicio humilde y dedicado, dando a todos el
ejemplo del cumplimiento del deber.
Llegada la hora elegida por Dios, Él va al desierto, ayuna, es
tentado, va a Juan que lo Bautiza y empieza su vida pública de milagros y
predicación, fundando con los apóstoles su Iglesia que será su presencia entre
los hombres, hasta su retorno final.
Fieles seguidores de su Maestro, los apóstoles se reunieron
junto a María después de la muerte sangrenta de Cristo en el Calvario. Unidos
en oración, arrepentidos de sus miserias y cobardía, pedían, en unión a María,
la misericordia de Dios y la venida del prometido Espíritu Santo, que les llegó
en Pentecostés, dando inicio a la predicación cristiana en el mundo.
Es natural que los discípulos de Cristo conmemorasen en primer
lugar el evento más importante del punto de vista salvífico que es la pascua
redentora del Señor: su muerte, resurrección y ascensión a los cielos. Sin
embargo, la revelación del misterio personal de Cristo llevó desde los inicios
a la comprensión de que su muerte salvadora era la consecuencia de su Encarnación
en el seno virginal de María, puesto que en la cruz Cristo ha ofrecido por
nosotros lo que recibió de María cuando el Espíritu Santo la cubrió con su
sombra.
Esta comprensión llevó a la Iglesia naciente a conmemorar la fiesta de la Encarnación y posteriormente la Epifanía del Señor. Esta conmemoración llevó naturalmente a celebrar el nacimiento del Redentor, día excelso en que, por primera vez, las criaturas pudieron contemplar el “rostro de Dios”.
3. El 25 de Diciembre y la Navidad (celebración cristiana de la Navidad)
Por cierto, después de la evocación del Misterio pascual, el
hecho litúrgico que la Iglesia tiene como más santo es la celebración del
Nacimiento del Señor y sus principales manifestaciones. De esta forma, la
solemnidad del 25 de diciembre ocupa el centro de todo el ciclo litúrgico
cristiano y guarda una relación muy especial con la Pascua.

La primera referencia a la fiesta de la Navidad aparece en el
calendario Filocaliano[3]
en 354. Según atestigua San Juan Crisóstomo, ya en el final del siglo IV la
Navidad está presente en el Oriente influyendo en la consolidación de la
solemnidad la definición de la verdadera fe en la divinidad de Cristo en el
Concilio de Nicea (325). Éste y los otros tres grandes concilios ecuménicos
(Éfeso, Constantinopla y Calcedonia) fueron ocasión para afirmar la auténtica
fe en el misterio de la encarnación.


No nacemos para la mediocridad, para estar echados en el
charco de nuestro propio egoísmo. El hombre fue creado por Dios para vivir los
grandes vuelos de la santidad. Podemos explicar nuestra naturaleza humana por
analogía con seres inferiores a nosotros.
Por ejemplo, el sapo. Animal de aspecto repugnante, que vive
pegado a la tierra, como si el mundo fuera el charco donde vive, puede
representar al hombre mediocre, que vive sólo para su propio egoísmo, para lo
cual la existencia no sobrepasa los límites de su propio gozo personal.
El célebre escritor francés Ernest Hello, así caracteriza al mediocre:


San Luis María Grignion de Montfort, afirma que los siervos de Dios son
llamados a ser águilas reales entre tantos cuervos, un batallón de leones
intrépidos entre tantas liebres tímidas[4].

Dios nos llama a la santidad, a decir no a nosotros mismos, a
nuestras inclinaciones naturales y a alzar alto el vuelo del espíritu, con la
mirada puesta en el Señor y dispuestos a todo y cualquier sacrificio para hacer
de nuestras vidas un verdadero espejo de nuestros modelos en la tierra: Nuestro
Señor Jesucristo y su Madre Santísima: la Virgen María.
[2] Ribeiro, Leandro Cesar. O verdadeiro significado do Natal. En: Revista Arautos do Evangelho, Dez/2009,
n. 96, p. 19 à 21.
[3] Filocalo
era calígrafo del Papa Dámaso I en 354 y autor de un calendario romano que se
acerca al actual. Es el calendario cristiano conocido más antiguo.
[4] Cf. Grignion de Montfort, Luís
Maria. Tratado da verdadeira devoção à
Santíssima Virgem. São Paulo: Vozes, 1985, p. 308.
[5] Cf. Corrêa de Oliveira, Plinio. Símbolos, fantasias e realidades. En: Revista Dr. Plinio, n. 042. São Paulo:
Retornarei, p. 32.
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